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Llega a nuestras salas lo último del director Woody Allen, que fiel a su estilo de viajar por el mundo y las épocas, está vez nos lleva al sur de Francia. Una acaudalada familia inglesa de los años ’20 busca consuelo de la vida terrenal en una médium llamada Sophie (Emma Stone), que dice poder comunicarse con los difuntos. Stanley (Colín Firth) es contratado por su amigo y colega Howard para desenmascararla, intuyendo que ella es sólo una estafadora que quiere embaucar a la familia.

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Pero ¿por qué Stanley? Y es que resulta ser el mago más famoso de la época, un artista que se hace pasar por chino en el acto de Wei Ling Soo. Además, es la persona más escéptica y miserable sobre la tierra. El hecho de saber de ilusionismo y de no creer en nada lo convierte en el candidato perfecto para descubrir qué trucos usa Sophie. Ella enseguida se da cuenta de sus intenciones e intentará convencerlo de su filosofía de la vida: que hay algo más de lo que podemos ver, que existe la magia en la vida de las personas.

Pero aquí aparece lo que a mi entender es el gran error de la película: que Sophie y Stanley comiencen a enamorarse. Los opuestos se atraen, y no es imposible que ella se sienta atraída por otro a pesar de estar a punto de casarse con su acaudalado pero idiota cliente, aunque no de muy buena gana. También es posible que Stanley sienta atracción a lo desconocido, a un mundo espiritual que jamás pensó que existiría. Ni siquiera es inverosímil que pierda su cinismo luego de una experiencia transformadora. Lo que me molesta es la obvia y enorme diferencia de edad entre ambos actores y sus personajes.

Colín Firth tiene 54 años, mientras que Emma Stone sólo tiene 26. Podría ser su padre a pesar de que ella sea mayor de de edad y demás tecnicismos legales. Más del doble de diferencia que a nadie parece molestar. Un movimiento jugado para Woody Allen después de que recientemente fuera acusado de abuso sexual por su propia hija adoptiva, Dylan Farrow; hija de su ex esposa Mia Farrow. El director, por supuesto negó todo lo concerniente a esas acusaciones y fueron desestimadas, pero los rumores corrieron y su reputación se resintió. Retratar una pareja con tanta diferencia en este contexto puede resultar una provocación de Allen.

Pero volviendo al film. La actuación de Colin Firth destaca entre todas, que es capaz de retratar la transformación de las creencias de un hombre, una y otra vez. ¿Lo que vemos es todo lo que hay? ¿O realmente hay magia en el mundo? Irónico, por supuesto, que un mago no pueda responder a esas preguntas hasta el final. En el clímax de la película, el actor nos regala un monólogo excepcional que recuerda a “El Discurso del Rey”, aunque por supuesto los personajes son muy diferentes. Los giros argumentales convierten el guión en una historia excepcional que dejará a más de uno con la boca abierta.

Lo mejor: la ambientación. Francia en los años ’20 no está sólo en el escenario y los vestuarios, sino en la forma de vida y por fuera de la historia: en los planos, los colores, los movimientos de cámara, la música y hasta la tipografía de los títulos. Nos transporta y sumerge en la época que retrata. Con estos elementos, si obviáramos el (gran) detalle de la relación romántica entre los protagonistas, esta historia tiene la receta perfecta para ser una gran película.