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Si hoy me permiten, quiero hacer una nota diferente. Quiero contarles una pequeña anécdota que me ha quedado resonando en la cabeza y quisiera saber su opinión. Ayer fui a dos privadas (son proyecciones de películas que aun no se estrenaron para los críticos de cine y periodistas), y usualmente uno encuentra a los mismos periodistas en las diferentes privadas. Entonces empezás a reconocer a tus colegas, recordar sus rostros; y ellos te reconocen a vos.

Siempre ha habido una especie de pica entre el de la libreta que sólo Escribe (con E) y el 2.0 que va con su tablet, maneja redes sociales, nociones de diseño gráfico, publicidad online, etc. El periodista 2.0 siempre ha visto a la vieja escuela como algo bello históricamente pero etéreo e indeseable, como la añoranza de un antiguo tiempo que superó. Adaptarse o desaparecer, el joven es adaptable. Por otro lado, el de la vieja escuela siempre ha dicho que el periodista 2.0 es un chamuyero. Un niño mimado tapado por las pantallas táctiles que se cree escritor porque puede adquirir un espacio por nada en internet.

Y lo entiendo. Debe ser duro cuando cuarenta años atrás te rompías el lomo por una columnita, que con sólo apretar uno botones tengas espacio ilimitado. Y entre los críticos de cine esa división parece intensificarse. Entonces, está este tipo, el old school que podría ser mi padre. No es que me haya inmiscuido en su conversación, pero cuando un tipo está gritando en un salón con sólo 20 asientos en un sótano, es difícil no escucharlo. Tiene una hija de mi edad. También estudió periodismo, y él tuvo el orgullo de “meterla” a trabajar como editora en su medio. Editora. Flor de laburo, aunque no gane demasiado; la responsabilidad, el prestigio y el poder son un gran plus.

Entonces cuenta que odia fervientemente los blogs. Que los odia porque los blogueros sólo somos una banda de niños mimados que no saben hilar dos palabras. Que sólo hacemos esto porque queremos ver películas gratis. “¿Y escriben sobre eso? Bueno, escribir lo que se dice escribir. Van y ponen sí, fui a verla, está buena y fin de la historia”. Bajo esas palabras se fue transfigurando mi rostro e hice un gran esfuerzo por no escupirle la cara, hasta que recordé que no quiero líos con las productoras que cordialmente me invitaron.

Hoy en el periodismo, el blog es lo que antes era “servir el café”. Conseguí un trabajo por el blog, por este blog, gracias a que habían leído mi trabajo. Me ha escrito gente de diferentes partes del mundo diciéndome que les gustaba mi trabajo. Pero no sería justo sólo hablar de mí, sino que he conocido una cantidad inmensa de talento gracias a los blogs. Conocí talentosísimos escritores, fotógrafos y diseñadores gráficos por las herramientas 2.0.

¿Por qué estamos aquí? Porque amamos la profesión y queremos escribir lo que nos guste aunque no ganemos dinero. Por la satisfacción de que a otro le guste lo que hacemos. Para que nos abra puertas, y realmente lo hace. ¿Sabían que Divergente nació en un blog y tuvo tantos seguidores que las editoriales no pudieron negarse a publicarlo? ¿Sabían que Cincuenta Sombras y Gabriel’s Inferno nacieron en Fan Fiction y Wattpad? Parece que en esos casos, las herramientas online no han resultado tan inútiles.

Estamos aquí para escribir, editar, sacar fotos, con la esperanza de que a alguien en la tierra les guste. Y a ustedes seguidores, calculo, les debe gustar. Si el blog es el “servir el café” para poner en el CV, entonces supongo que lo estamos haciendo bien. De otro modo ustedes no estarían aquí. Seguramente el viejo escribía cuando era joven en su cuadernito y se lo daba a alguien para que lo lea. Nosotros también. Y no creo que nadie tenga el derecho de odiarnos porque escribimos de lo que queremos, lo subimos a este rincón, y a la gente esperanzadamente le gusta. Nadie debería odiarnos porque nos la rebuscamos para servir el café.

Salvo, por supuesto, que tengas un padre que pueda meterte de editora. En cuyo caso, bien por vos.