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Él pasó dos dedos por su sien y se mordió el labio. Lo soltó segundos después, dejando salir el aire.

-Lo arruiné, ¿verdad? -ella levantó una ceja con desconcierto.

-¿Por qué crees eso?

-El sexo suele arruinar las amistades, ¿qué haría que esto fuera diferente?

-A mi entender el sexo no arruina ninguna amistad -dijo ella sonriendo con suspicacia-. En tal caso, la mejora. Cualquiera que sea más o menos promiscuo lo entendería.

-Pero yo no soy así, tú me conoces; y ella tampoco es así.

-Lo sé. Pero el problema radica en cuando piensas en ella, lees sus mensajes y sonríes como idiota. Cuando miras fijamente sus labios y te preguntas cómo sabrían, cuando tienes ganas de tomarla de la mano pero te acobardas y sólo rozas sus dedos. Incluso puede que estes viendo una película y te imagines que la abrazas. Eso no tiene nada que ver con el sexo, mi amigo.

-O sea que ya estoy condenado -resopló él volviendo a atrapar su propio labio, mientras rozaba su índice y su pulgar. Ella notó el detalle, y sintió el cosquilleo en la punta de los dedos.

-El problema con todo eso es cuando sólo le ocurre a uno, no a los dos. O al menos no en el mismo momento. Entonces tienes dos opciones: o te tragas los extraños sentimientos esperando que algún dia desaparezcan, o bien intentas avanzar y si resulta que no te corresponde entonces sí arruinas la amistad. Pero no culpes al sexo, él no ha tenido nada que ver. Puedes sentir todo aquello sin haberle tocado un pelo jamás, o no sentir nada aun habiendo cogido mil veces.

-Temo que el escenario es algo sombrío. Sea como sea, ya estoy perdido y más me valdría conformarme con alguna chica tonta que elija por el auto -ella lanzó una carcajada.

-Eso sí sería condenarte -bajó la voz, él notó que las mejillas le ardían-. Sólo si tú eres el único de sentimientos raros. ¿Qué tal si ella tienes las mismas dudas que tú? -no había pensado en eso.

-¿Tú crees? -asintió.

-Eso es obvio. No es que tú seas el confundido y ella tiene todo absolutamente claro.

-¿Entonces qué debo hacer? -tragó saliva y esperó la respuesta que quería escuchar.

-No lo sé, tú dímelo -se encogió de hombros- No hagas nada o haz algo. Pierde o gana. La elección es tuya, pero yo en tu lugar haría el intento -él asintió. Subió la mirada y se acercó unos centímetros.

Entonces la besó.