Etiquetas

,

 

large

A todos les gusta un gran autor, pero a nadie le gusta ver cómo se hace. Si alguien que conoces te dice que escribe, tu primera reacción va a ser que es infantil, pretencioso, vago, o muerto de hambre. Créeme, lo sé. Hay una creencia muy fuerte de que todos los periodistas de gráfica somos unos tirados roñosos muertos de hambre. Y si un día escribimos ficción, mucho más. Y si de casualidad es ficción fantástica, a lo de vago e infantil se te suma el mote de drogadicto. O sino, que todo relato es una auto biografía, y quieren ayudarnos con nuestros problemas convertidos en dragones. Vamos, que obtusos se ponen.

Muchos escriben a escondidas. Conozco de esos, yo también lo hice. Para que no vengan a decirte que pierdes el tiempo con tus mundos irreales, de héroes inmortales, dragones, balrogs y lobos huangos, hombres sin rostro, leones que hablan y elfos de miles de años. No, a nadie le gusta ver que alguien que conoce quiere ser autor. Pero no olvides que Tolkien, Martin, Lewis, o García Márquez un buen día tuvieron quince o veinte años, y tenían adultos alrededor, o a sus propios pares diciéndoles que ocuparan sus vidas en algo más productivo. Si los conociéramos ahora, les pediríamos el autógrafo. ¿Qué ha cambiado?

Ah sí, el éxito. Quizá suene pretencioso en esta especie de nota de opinión que les traigo hoy. Pero lo que quiero decir es que el éxito no debería comprar el respeto. Si conocieras a alguien que escribe –de hecho si estás aquí por lo menos me conoces a mí, que estoy escribiendo esto-, no le digas infantil, vago, pretencioso, irreal o drogadicto. No lo hagas porque los autores tenemos nuestro orgullo, porque ponemos todo de nosotros, porque si lo hacemos gratis para nuestros amigos, sólo porque nos gusta; es incluso más auténtico que si empezáramos a cobrar por palabra.

Si pudiera, me enamoraría de un hombre que me respete cuando escribo, porque es cuando más soy. Por alguna razón decidí vivir de esto. Me enamoraría de un hombre que sufra con mis personajes, que escuche mi voz al leerle en voz alta sin quedarse dormido o prestar más atención a la televisión. Alguien que pudiera darme consejo en una encrucijada de caminos, alguien que sonría con mi tinta. También me encantaría enamorarme de un autor. Oh dioses, la vida nunca sería monótona. Lloraría o me enojaría cada vez que un personaje muriera. Si tomara malas decisiones, quisiera meterme en el libro y golpearlo para enseñarle a no ser tan idiota.

Pero sobre todo, sonreiría mucho. Si tuviera hijos lo alentaría a contarme cuentos a mí. Para cada lugar de la ciudad inventaría una historia. Ah, espera, eso ya lo hago ahora. Eso me gusta, y no creo que sea infantil. Tomo el transporte público y me sorprendo con lo curiosos que son los personajes. Me imagino cómo pueden ser sus historias, y así nacieron varios personajes. Lo mismo vale para las calles, para el clima, para las plazas. Todo tiene una historia escondida. Todo es tan inspirador.

Si quemaran todos los escritos, volvería de nuevo a buscarlos o a escribirlos. No sólo aprendemos a expresarnos en oración y en estructura, sino que su valor radica en abrir nuevos caminos de razonamiento. El personaje casi nunca hace lo que yo haría. Sin embargo, tengo que buscarle una forma de actuar. Eso trae aparejada la empatía, nos ponemos en su lugar, entendemos lo que hace aunque no hiciéramos lo mismo. Entonces sirve. Escribir sirve, funciona y enriquece.

Así que vamos a hacer algo. La próxima vez que conozcas alguien que escribe, abrázalo y dile que te gusta su trabajo, que lo aprecias, que lo respetas. Necesitamos más gente empática y creativa. No se burlen del joven autor que recién empieza, porque puede que luego estén haciendo fila cinco días sólo por su firma. Empecemos una campaña entonces: abraza a un autor. Hagamos de la escritura algo cool, y no algo marginal. Abraza a un autor, compartí la campaña.