Etiquetas

,

sad_girl

Mucho se ha hablado de la violencia de género en estos últimos años, entendida como la acción en el que un miembro de la pareja ataca y daña al otro en forma crónica. En la mayoría de los casos es el hombre aquel que ejerce esta violencia. Mucho se ha hablado de mujeres quemadas, golpeadas, o incluso rociadas con ácido.

Pero este no es el único modo en que la violencia de género puede manifestarse, sino que a veces el violento recurre a modos más sutiles. Estos no están penados por la ley y pueden resultar invisibles hasta para la propia víctima. Sin embargo, la marcan profundamente, resintiendo su amor propio, su independencia, su vida entera. El golpe emocional, aunque desestimado por la ley, duele tanto o incluso más que un golpe físico. Dejen que les cuente una historia para que quede claro de qué estoy hablando.

Ella no era una chica cualquiera. Era una chica guapa, segura, divertida, educada. Había crecido con historias románticas en las que una chica igual de guapa, segura, divertida y educada que ella encontraba el Amor Verdadero. Ese que se escribe con mayúscula, nos define la vida entera y nos lleva al inevitable final: “felices para siempre”. Por eso cuando lo vio por primera vez, perdido entre las luces y la transpiración de un boliche, supo que era para ella. O quizá haya sido en un torneo de tenis, o en una clase de francés, o en el cumpleaños de un amigo en común.

Cuando se dieron el primer beso fue mágico. Mejor que en sus sueños más dulces, más pasional que en sus sueños más atrevidos. Cada vez que él la rozaba sentía que el corazón podría salírsele del pecho, y pasados los meses se convenció de que era eso de lo que hablaban las canciones. Amor Verdadero. A lo mejor se fueron a vivir juntos, o a lo mejor tuvieron uno o dos hijos. A ella le gustaba que él todo el tiempo quisiera verla, porque su novio anterior no le prestaba demasiada atención. Sólo quería sentirse amada.

El tiempo pasó y dejó que cada uno dejara de intentar agradar y comenzara a ser más como realmente era. Al fin y al cabo nadie puede fingir todo el tiempo, ¿verdad? Él se preocupaba por ella, la cuidaba que no le pasara nada. Que nadie se la arrebatara, ni se atreviera a mirarla siquiera. Sus amigas mencionaron que era un poco molesto que llamara diez, quince, cincuenta veces. Pero a ella no dejaba de parecerle encantador que se preocupara tanto por ella.

Él comenzó a llenar su vida. Se había convertido en su mejor amigo y cualquier ocurrencia que tuviera lo incluía. Comenzó a ser inconcebible una salida sin él. O una vacación, o una reunión familiar. Sus amigas en algún momento comentaron que querían hablar de “cosas de chicas” sin novios o esposos, pero a ella no le importó. Eventualmente, sus amigas dejaron de invitarla. Pero ella no se sintió vacía, sino al contrario; se sintió bien de poder tener más tiempo disponible para su Amor Verdadero.

En un momento dado, comenzó a darse cuenta que cuando él no estaba, ella no tenía nada para hacer. Se aburría. A lo mejor se le hubiera ocurrido ir al gimnasio, empezar un curso, o juntarse con sus amigas o familia; y se lo mencionaba a su Amor Verdadero. Él comenzó a mostrarse reticente. Ella sintió culpa por haber deseado pasar tiempo sin él, o quizá le daba igual siempre y cuando no llevara a una pelea. Así que lo resignó.

Cuando notó que estaba ocultándole a su familia o a amigos las reacciones de su Amor Verdadero, supo que algo andaba mal. No debería sentirse avergonzada de él. Debería sentirse orgullosa. Entonces la culpa se hacía más honda, no sólo deseaba pasar tiempo sin él, sino que además no se sentía orgullosa de él, ¡qué barbaridad! Si Cenicienta la escuchara seguro se enojaría.

Probablemente ella se hubiera dejado convencer de que no hacía falta que trabaje si él ganaba todo lo que necesitaban, y hasta se hubiera sentido agradecida por eso. O quizá le haya entregado su sueldo entero porque era mejor administrador. Y estaba esa sensación de que algo había fallado, de que algo no era como en los cuentos. Pero no podía ser el amor, era seguro. Ella lo amaba con todo lo que era, y él le correspondía. Cierto día se dio cuenta de que ya no tenía amigos, de que hacía años que no tenía una buena charla con sus padres o hermanos, o quizá haría tiempo que no los vería. Cuando le propuso a su Amor Verdadero que vayan juntos a la casa de sus padres, él le dijo con todas las letras que no quería.

Bien, eso no puede ser normal, aventuró. Pero supuso que era un episodio de rabia aislado, que quizá habría tenido un mal día. Ese día se encontró llorando en la cola del supermercado, contando los productos porque él le había dado lo justo. Se avergonzó de sí misma, porque una chica guapa, segura, divertida y educada como ella no debía llorar de ese modo en público. Eso era de nenas chiquitas, y ella era una adulta, hecha y derecha. Sintió culpa por llorar.

Cierto día decidió cocinar algo rico para sorprenderlo. Pero él acabó gritándole porque tenía demasiada sal. Se sintió estúpida por no haber sabido medir la sal, visto que ella ya había cocinado ese plato mil veces en la vida, sabía cómo se hacía y no era así. Pidió perdón, mil veces pidió perdón por haberse excedido con la sal. Una vez más, sintió culpa. Una parte de ella en el fondo le decía que eso no debía ser normal, que nadie puede gritar por horas porque la comida tenía demasiada sal. Pero acalló enseguida esa voz, porque era su Amor Verdadero, y seguramente había tenido un día tenso.

La situación con la sal se repitió mil veces más pero con otra excusa. Cada vez que él le gritaba ella se sentía empequeñecer, como bajo un rayo reductor. Se sentía culpable por cometer tantos errores y se deshacía en disculpas. No tenía con quien consultarlo, pero en parte era porque sentía vergüenza de que vieran esas reacciones desmedidas. Al final, él se calmaba, le pedía perdón llorando por haber sido tan insensible y gritón, y hacían el amor dulcemente. Entonces ella se llenaba de esperanza y sabía que había sido la última vez. Hasta la próxima vez.

Eventualmente sucedió. En cierto modo deseaba que sucediera, porque así podría confirmar sus sospechas de que algo andaba mal, tendría la excusa para irse. Cerró los ojos, no pudo sostenerle la mirada. De hecho hacía tiempo que no lograba hacerlo, cada vez que él la miraba a los ojos, ella los bajaba. Escuchó sus gritos pero no lograba distinguir las palabras. Sintió el fuerte tacto de una piel que quemaba, seguido por un ardor tan intenso que casi no era capaz de soportarlo. Las lágrimas luchaban por salir de entre sus párpados apretados. Tragó saliva y sintió el sabor de su propia sangre.

¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había sido tan estúpida? Se suponía que no iba a pasarle a ella, con toda su educación, su independencia, su buen gusto y amabilidad. Supo que las señales habían estado ahí todo el tiempo, pero no era capaz de verlas, como si acaso no estuvieran tatuadas en sus retinas. Se culpó por no haberlo notado antes. Se culpó por no ser capaz de seguir amando a su Amor Verdadero. Lo único que necesitaba era cruzar la puerta e irse, así de sencillo como sonaba, pero no podía hacerlo. Hasta que un buen día lo hizo.

Lo sé porque es una historia real. No le pasó a la amiga de una amiga. Porque esa chica era mi mejor amiga, era mi prima, era mi madre, era yo. El golpe emocional es el que más duele. Sentir que uno nunca es suficiente por más que se esfuerce. Sentir que uno no es digno, sentir que no merece respeto. Sentir culpa por cada paso. La traición más honda es aquella que viene de quien uno más ama.

Por eso hoy estoy escribiendo sobre esto, si acaso usted lector o lectora reconoce alguna situación de este estilo. Una señal como todas esas. Eso no es normal, eso no es amor. Sólo espero dejar un granito de arena con esta historia que quizá pueda servir para ayudar a alguien.

Y a vos, hombre violento, no te odio. He aprendido a perdonarte porque de otro modo mi corazón se envenenaría, y el corazón debe ser llevado con liviandad y no como una carga. He aprendido a perdonarte porque no quiero parecerme en nada a vos, con tu antipatía, con tu negatividad, con tu mala intención. Sin embargo, no puedo olvidar nada. Sacá un pasaje de tren hasta la última estación, y una vez que llegues ahí, repetí el proceso. Viajá lejos, donde nadie te conozca, donde nadie haya escuchado sobre lo que hiciste, donde nadie te mire de reojo ni se sorprenda de la profundidad de tu miseria.