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-Glaurung se llamaba el padre de todos los dragones, pero no tenía alas, por eso le llamaban “el gran gusano” –el pequeño pone una expresión de espanto y esconde su rostro entre las sábanas, dejando entrever sólo sus ojos verdes.

-¿Y era malo? –inquiere, mezclando la curiosidad con el miedo.

-Muy malo –sigue el Maestre, que está a cargo de su cuidado-, tanto que comandó un ejército de dragones que redujeron a cenizas la Ciudad Blanca –el niño ahoga un gritito y se tapa los ojos con la frazada. El hombre sabe que ha ido muy lejos con sus historias-. No te preocupes pequeñito, los dragones son sólo una leyenda –y él asiente, con palpable duda-. Ya duérmete.

Esa noche, Aldaril sueña con su madre. Es extraño, porque nunca la ha conocido, sólo la había visto un momento al principio de su vida; antes de que muriera desangrada por la pérdida de sangre que él le había provocado. Eso bien lo sabía, y se lo recordaban muy a menudo. Sabía que tenía sus ojos verdes, a diferencia de los de su padre que eran castaños y opacos. No es feliz, lo sabe. Algunas veces se sienta a leer, pero Aldaril sabe que no lee; porque se queda mirando la misma página por horas. Los recuerdos de algún momento feliz con su padre se diluyen y se entremezclan. Lo ama, sí; pero su amor verdadero ha muerto por su culpa. Miles de veces, desde que empezó a tener uso de razón, se preguntó que sentiría su padre por él. Pensando en aquello, tiene pesadillas.

Se despierta de un salto, con la conciencia atormentada. La cabeza le quema y flujos de pensamientos corren por entre sus neuronas. Piensa en un ejército de dragones, y adelante; un dragón enorme sin alas, un gran gusano. Piensa en la Ciudad Blanca hecha cenizas, por la traición de un elfo igual que él. Eso le hace preguntarse hasta dónde llegará el poder de una decisión. Entonces se pregunta por qué hombres, elfos y enanos pelean por el poder, si puede tener consecuencias tan terribles. A diferencia de cualquiera que conociera, él no juega a ser rey. Él juega a ser médico, como su padre. Por lo que sabe, por las historias del Maestre y algunas de su padre, piensa que los reyes lastiman y los médicos curan. Se pregunta por qué alguien querría lastimar a alguien que en definitiva no le ha hecho nada.

Por lo demás, es un niño solitario. Un bicho raro, si se quiere, pero ha aprendido a disimularlo. En una raza donde la muerte natural no existe, donde nadie envejece luego de llegar a la adultez; no tener madre era algo extraño. Los niños suelen ser crueles, pero les hace creer que no los escucha. Pero no puede evitarlo. A menudo sale de las fronteras del palacio y se interna en el gran Bosque Verde. Allí es casi feliz entre los árboles y las flores. Juega a encontrar animales heridos y los cura. Ellos lo saben, y por eso el bosque se ha vuelto un lugar seguro para él. Aquel día va a buscar un cervatillo que tuvo la mala suerte de matar a su madre al nacer, y es tan pequeñito que va a ser comida de wargo si nadie lo cuida. Lo quiere, porque es cómo él. Nunca ha sentido nada como aquello por un animal. Sólo a él le habla y lo acaricia, y parece responderle con su mirada triste.

Cuando llega ese día y ve a alguien al lado de su ciervo, siente que perderá los estribos. Pero es un niño, igual que él, y con sólo verlo sabe que es un cachorro de los hombres. Él nunca ha visto un hombre antes, por lo que silencioso como todos los elfos se acerca y observa sus orejas, que no tienen punta. Lleva el cabello corto, y eso es extraño. Sus ojos tienen algo distinto, pero no sabe decir qué es. Por lo demás, es igual a él, y eso le hace volver a preguntarse sobre las luchas por el poder. ¿Si todos nos parecemos tanto, por qué una raza debería dominar a otra? ¿No sería eso injusto? ¿No sería mejor tener un gobierno con miembros de todas? No presta atención, el niño levanta la mirada y atina a correr, pero el elfo lo detiene tomándolo por la muñeca.

-No me hagas nada –solloza, y él lo suelta mientras niega con la cabeza.

-Sólo quería tener a alguien con quien charlar un rato –eso lo descoloca. Le habían dicho que el bosque era peligroso, que los elfos eran malvados y se lo comerían; pero enseguida entiende que es una estupidez. Con sólo mirarlo basta para darse cuenta que no se va a comer a otra persona, ¿cómo pudieron pensar en aquello?

-Oh –balbuceó-. Soy Jaime –hace una pequeña reverencia con la cabeza, y sigue-. Acabo de cumplir ocho –el elfo abre grandes los ojos, pero sonríe. Le asombra la naturaleza de los hombres.

-Soy Aldaril –suspira-. Yo tengo treinta y cuatro –afirma con una risita.

-¡No puede ser! –grita-. Mi mamá tiene treinta y cuatro, y tú te vez como yo –el elfo revuelve sus pies sobre la hierba, visiblemente incómodo, tratando de buscar una explicación.

-El tiempo para nosotros pasa en forma algo diferente –Jaime se siente fascinado. Quiere ser un explorador, y para él conocer a alguien tan distinto y a la vez tan parecido, es un triunfo.

Le pide, le suplica que le cuente todo. Entonces lo hace, y cuenta sobre el rey del bosque, sobre sus clases de arquería, sobre sus padres y sobre el Maestre. Entonces le cuenta las historias que le quitan el sueño. Le cuenta sobre Glaurung y el ejército de dragones, sobre balrogs, gigantes, trasgos y wargos. Jaime sin embargo no se deja intimidar, y Aldaril comienza a sentirse cobarde porque suele tener mucho miedo con esas historias. Pero con él se siente menos atemorizado, y le agradece. Cuando ya es de noche deciden seguir con las historias al día siguiente.

Entonces es el turno de Jaime, y cuenta todo aquello que puede recordar que le han contado alguna vez sobre su pueblo. Ellos se llaman a sí mismo los Dúnedain, y dicen ser mejores que los hombres normales. A Aldaril eso le parece una estupidez, porque todos los hombres son mortales, comen, duermen y se enamoran; igual que un elfo y un enano. Pero en eso discrepan y el elfo decide que es mejor cerrar la boca. Todo cambia un día que Jaime viene con una nueva historia. Su padre le ha dicho que él cuando era muy joven había visto dragones. Eso los confunde a ambos, es decir, se supone que son leyendas. Ahora tienen una nueva misión en la vida: encontrar un dragón, verlo aunque sea un segundo.

Cinco años pasan en esa búsqueda. Jaime ya tiene trece y se ha puesto algo distinto. Sobre su mandíbula asoma una fina pelusa, que él muestra orgullosamente como su barba; pero Aldaril no puede evitar reír con aquello. Sin embargo, el elfo se ve igual, y el hombre comienza a pensar que por verse mayor físicamente también lo es en su inteligencia. Al elfo no le molesta aquello porque sabe que no puede evitarlo, que está en la naturaleza de los hombres pensar de aquel modo, aunque en realidad el elfo es mayor y más sabio. Elmenda Taurë también ha crecido. Ahora es un ciervo adulto, alto y vigoroso con la mayor cornamenta del bosque. Puede llevar perfectamente al pequeño elfo sobre su lomo y eso ahorra tiempo. Sin embargo, se niega a llevar a Jaime, una y otra vez.

-Quizá le molesta que no puedas pronunciar su nombre –aventura el elfo mientras ríe.

-Si no le hubieras puesto un nombre tan complicado –resopla.

-Es lo que es. Si fueras un árbol, ¿te llamaría acaso ave? No, te llamaría, árbol. Aquí es lo mismo, no le puse nombre sino que sencillamente lo nombro por lo que es.

-¿Y qué es? –inquiere el hombre algo confundido.

-Significa “maravilla del gran bosque” –sonríe, y el otro asiente, de acuerdo con aquello. Jaime nunca antes ha pensado en que significan los nombres de las cosas, y reflexiona sobre aquello por un buen rato, y Aldaril decide acompañarlo a pie.

En un momento, Elmenda Taurë corre hacia adelante como si se hubiera desquiciado. Eso alarma al elfo, le preocupa la salud de su animal, y lo sigue. Jaime corre un poco más lento, pero no tiene opción y va tras ellos. Lo encuentra en el centro de un claro. El ciervo está inmóvil observando fijamente el infinito, pero cuando se acerca nota que no es eso en realidad. En la punta de su hocico algo negro se mueve, y en la oscuridad de la noche no puede distinguir que es. Pero la visión del elfo es un poco mejor, y lo ha notado. Le asombra y le asusta, quiere poseerlo y dejarlo libre, y a su vez quisiera verlo crecer como ha crecido su ciervo.

Jaime hace lo posible por ver mejor, pero es inútil; la noche es oscura. Puede ver una pequeña llamarada en el aire y entonces lo distingue. En el hocico de Elmenda Taurë puede ver un pequeño lagarto alado. Su piel es oscura como el carbón, pero brilla entre sus escamas. Llega a distinguir unos ojos dorados, y de pronto lo necesita. Quiere que sea suyo, que siga sus órdenes, sea su esclavo y su instrumento en la batalla. Si las historias son ciertas, si con eso se había arrasado la ciudad más hermosa de los elfos; entonces tiene que estar en poder de los Dúnedain. Porque ellos son mejores entre los hombres, y merecen el poder. Por primera vez, el explorador desea ser rey. Acerca su dedo a la criatura, que debe medir diez o doce centímetros a lo sumo, y esta lo muerde. Aldaril ríe de triunfo, no se puede creer que han encontrado un dragón.

-Llamémoslo Nathamorë –propone-, la mordida negra –a Jaime no le agrada la idea, porque llevará para siempre el recuerdo de la humillación de que su esclavo lo ha mordido. Pero el dragón agacha la cabeza y acepta su nombre, y ya está hecho. El hombre toma la pequeña bestia entre sus manos y la estudia. Observa cada milímetro, al igual que su compañero, hasta que amanece.

Con la luz del sol algo cambia en la mirada de Jaime, y Aldaril distingue la codicia. La distingue porque la ha visto antes en los ojos de todos aquellos que jugaban a ser reyes, y en la mirada del rey en persona las pocas veces que lo ha visto. Traga saliva y se atemoriza, pero lo mira a los ojos con descarado desdén. El muchacho coloca a Nathamorë sobre su hombro, quien parece muy a gusto allí. Si hay algo que los hombres deberían aprender es a confiar en el instinto de los elfos. Si un elfo está intranquilo, es seguro que hay peligro. Y Aldaril nunca se ha sentido más intranquilo en su vida entera.

Jaime se levanta y corre a buscar una roca que ha visto a unos metros, tan grande que debe usar sus dos manos para levantarla. La lanza, pero no da en su blanco; y corre. Pero el elfo no lo sigue, porque no le importa. Se queda helado y deja que las lágrimas corran en silencio por sus mejillas. Su ciervo roza sus manos con su cabeza intentando consolarlo. Ahora se pregunta más que nunca sobre el poder y la igualdad. Piensa que la política está en todos lados, que el más mínimo indicio de poder vuelve adictos a los hombres, y que es un juego donde nadie gana.

Se hace una bolita en el piso y llora. Llora porque ha matado a su madre, porque su padre es infeliz por su culpa, porque no ha sido capaz de hacer amigos, salvo uno que lo ha traicionado por una nimiedad. Llora porque sabe que su padre busca el momento para acompañar a su madre en la tierra prometida, si acaso existe. Llora porque se siente solo, porque tan bueno había sido para curar cuerpos pero no era capaz de curar su propio corazón. Espera que pase alguna vez, es lo peor que ha sentido jamás, y le duele desde adentro y en cada célula. Cuando ya no tiene más lágrimas se queda muy quieto por un rato. Se limpia con el dorso de su mano y se pone de pie una vez más.

Por algunos días se queda en el bosque. No quiere ver a nadie. Sin embargo, su padre lo encuentra primero. Prácticamente se lanza sobre él y lo abraza con fuerza, le dice cuánto lo ama y lo preocupado que estaba. Sin quererlo, sonríe y de algún modo sabe que pasará. Ahora es él quien cuenta la historia de aquella vez que encontró un dragón y le dio su nombre. Los niños más pequeños lo escuchan asombrados y lo admiran porque ha sido muy valiente. Pero él sencillamente ríe y no puede evitar sonrojarse.

En las noches más oscuras sube al árbol más alto del Bosque Verde y mira hacia la ciudad de los hombres. Allí puede ver a veces una estrella fugaz que recorre erráticamente el cielo nocturno. Pero sabe que en verdad es Nathamorë que ya empieza a crecer. Piensa en que Jaime ya debe tener el cuerpo de un adulto, comandar ejércitos, o incluso tener una esposa e hijos. Sonríe cuando se imagina aquello, mientras en silencio le desea suerte.