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Esta noche es el grand finale. El último capítulo de este viaje de siete años en los que Walter White se convierte en Heisenberg, un sencillo profesor de química en un magnate de las drogas. Es el último de los malos/buenos de esta época. El último personaje de moral contradictoria, el amado criminal.

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Breaking Bad es la clásica tragedia griega, llevada a la pantalla por una serie de cachivaches modernistas que nos hacen olvidarnos del viejo tomo de Aristóteles que quizá leímos de mala gana en el secundario. Para el griego, la tragedia necesita de dos cosas: la fábula y la realidad. El cimiento es la realidad: la crisis económica, el pluriempleo mal pagado, el desprestigio hacia los maestros, el estigma social de la enfermedad y el culto al dinero. Walter White se mueve en un mundo real. Nosotros nos identificamos con ese tipo común cargado de frustraciones y facturas para pagar.

He aquí el aspecto psicológico. Nos apegamos emocionalmente a él porque lo comprendemos, empatizamos con él. Si fuera Heisenberg desde el primer día no nos implicaríamos con él, estaría más cercano a Tony Soprano o a Dexter Morgan. Pero desde el punto en el que él puede ser cualquiera de nosotros, es otro cantar. Si así no fuera, sentiríamos el mismo apego a él que a Pablo Escobar. Walter White pasa de blanco a malo y son los pasos de su destrucción, no por el cáncer sino por sus propios demonios.

La fábula aristotélica tiene dos partes: revolución y reconocimiento; y por último la pasión. La tragedia es irónica porque el protagonista recibe una reacción opuesta a la esperada. Walter White piensa que cuando haya muerto, su esposa vivirá tranquila con el dinero proveniente de las drogas. Sin embargo, no sucede así. Esta es la revolución. Skyler rechaza tanto a su esposo como al dinero. Si ella muriera, Heisenberg sería un caballo desbocado, sin nada que perder la tragedia estaría vacía.

La pasión en la tragedia significa que los hechos trágicos no pueden ser eludidos. Son inevitables. El lector tiene todo el tiempo esa sensación de que esto va a terminar mal. ¿O de verdad alguien creyó en algún momento en Walter y Skyler de viejitos tomando mate en la playa? Vamos. Y está el detalle del cáncer, que no perdona.

Otro punto en la ironía de la tragedia es que la fábula pasa de próspera a adversa no por los delitos, sino por los errores. Breaking Bad es la historia de un gran error. Un hombre que quiere proteger a su familia y acaba destruyéndola. El inicio del error está en la decisión, no en su carrera criminal. Era un condenado desde el principio.

El asesinato es el exponente último de la tragedia. Si un enemigo mata a otro no causa nada, tampoco si muere alguien neutral. El horror aparece cuando las atrocidades se cometen entre amigos, como ha ocurrido con Dexter viéndose obligado a matar a su hermana Debra. Walter ha puesto en peligro la vida de Pinkman, perjudicado a Skyler, y ha estado muy cerca de provocar la destrucción de Hank. La tragedia en esto radica en que se trata de personas amigas, y por eso provoca algo diferente que el hecho de que venda drogas o mate a personas desconocidas que no empatizan con el espectador.

Y aquí estamos. El último capítulo. Bien, en muchas tragedias el que muere es el protagonista, o pierde todo lo que ama y se condena a una vida de miseria. ¿Esto ocurrirá hoy? ¿O ya ocurrió hace rato y Heinsberg no tiene más que barrer las cenizas de su vida? Los productores afirman que será sorprendente y satisfactorio. Mientras nos comemos las uñas de ansiedad, sólo queda hacer sus apuestas y preparar pochoclos para lo que sin duda será una función memorable.